Contra los sueños y a favor de la memoria

Contra los sueños y a favor de la memoria

Una respuesta necesaria

Antonio Muñoz Molina escribe en El País sobre los sueños de los sistemas revolucionarios.

Los sueños.

Como si el problema hubiera sido la ingenuidad juvenil y no el poder adulto, perfectamente consciente de sí mismo.

Artículo: Contra el imperio, El País

Conviene decirlo desde el principio:

los jóvenes soñaban y soñamos, sí!

Pero Mao, Lenin o Stalin no soñaban.

Sabían exactamente lo que hacían.

No hablaban desde la plaza ni desde la asamblea,

sino desde la torre.

Desde la mirada del viejo sabio convertido en vigilante,

el que observa al primer cabo de prisiones

y entiende que el poder no se pierde por asalto,

sino por descuido.

Las purgas no fueron un error romántico.

Fueron una decisión racional:

limpiar por miedo a que me quiten a mí.

Los viejos sabios no fueron una excepción

Europa

Conviene no engañarse:

los viejos sabios no fueron una anomalía soviética.

Fueron legión, y no conocieron fronteras.

En Europa, además de Lenin o Stalin, estuvieron los burócratas ilustrados del partido único,

los guardianes del expediente,

los que sobrevivían a todos los giros ideológicos

porque no defendían ideas, defendían su lugar.

Asia

En Asia, el círculo no se agota en Mao.

Ahí están los mandarines del poder en Pekín,

los herederos de la revolución convertidos en casta administradora,

y los Kim en Corea del Norte,

donde el viejo sabio ya ni disimula

y el poder se transmite como herencia.

América

En América, la lista es larga y transversal.

Desde los barbudos eternizados en La Habana hasta los caudillos latinoamericanos que comenzaron hablando de pueblo y terminaron hablando por el pueblo, siempre vigilando desde arriba quién podía crecer demasiado.

Y en Estados Unidos, tampoco se juzga a Washington,

Ni a la saga Bush.

Hoy lo estamos viendo de nuevo, con Donald Trump.

África

En África, tras la descolonización,

muchos libertadores se transformaron en custodios del Estado,

presidentes vitalicios que aprendieron pronto

que la independencia no se pierde frente al antiguo imperio,

sino frente al vecino con prestigio moral.

Oriente Próximo

En Oriente Próximo, los viejos sabios surgieron entre dunas de desierto,

apareciendo como champiñones, como setas en el bosque,

reyes y omáres que no fueron otra cosa, al principio,

que jefes de familia tribal.

De la tienda al palacio.

Del parentesco al Estado.

De la lealtad de sangre a la obediencia institucional.

Constituciones provisionales que duraron generaciones.

Coronas improvisadas convertidas en destino.

Ejércitos, clanes y servicios de seguridad como columna vertebral.

Todos convencidos de lo mismo:

que sin ellos el desierto volvería a tragárselo todo.

El sueño como coartada

Se habla hoy de sueños como si hubieran desaparecido.

No han desaparecido.

Siguen aquí, reformados, reconvertidos,

envueltos en un lenguaje nuevo.

El lobo no se fue:

se puso piel de cordero.

El poder absoluto no quiere irse.

Nunca ha querido.

El imperialismo, la fuerza bruta,

el miedo al mejor y al diferente

siguen entre nosotros.

China ya no es comunista: es consumista.

Y, sin embargo, la estructura del poder permanece intacta.

Mao cometió atrocidades.

No se le puede juzgar.

Tampoco a Washington, negrero, propietario de esclavas,

padre de hijos no reconocidos.

Ni a la saga Bush.

Todo imperio fabrica su propia amnesia.

De vasallos a guardianes

Siempre hay ancianos sabios que utilizan a los jóvenes,

a quienes soñaban y soñamos:

su energía, su fe, su disposición al sacrificio, su pasión!.

Hasta que los jóvenes dejan de serlo

y pasan a engrosar la lista de quienes,

habiendo sido vasallos,

empuñan ahora el bastón del ordeno y mando.

Entonces llegan los insultos al otro.

La codicia sin pudor.

Las buchacas llenas.

Sin ética.

Ni siquiera de parvulario.

Todo envuelto en papel de democracia, apertura

y, en algunos casos, elecciones libres.

Mientras detrás sigue la misma estructura:

el músculo militar, policial y judicial.

El poder.

El de siempre.

Epílogo

Y si Lawrence de Arabiael intelectual útil del imperio, levantara la cabeza,

probablemente estaría muy orgulloso de su trabajo.

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