Cuando la tormenta mata y la prensa calla: Gaza bajo Byron

Residentes caminan entre aguas fangosas e escombros en Gaza tras la tormenta Byron. © UNRWA, 2025.
Mientras Europa observa el cielo y contabiliza daños materiales, en Gaza la tormenta Byron ha matado.
No por la violencia inevitable de la naturaleza, sino por la ausencia deliberada de refugio, de protección y de ayuda, tras más de dos años de destrucción sistemática.
Las lluvias torrenciales y los vientos de hasta 90 km/h han arrasado miles de tiendas improvisadas: plásticos tensados con hierros extraídos de los escombros, levantados sobre barro, sin aislamiento, sin suelo, sin calor.
En ese contexto, una bebé de ocho meses, Rahaf Abu Jazar, murió de hipotermia mientras dormía en Jan Yunis. Su madre la había alimentado. Estaba sana. Murió de frío.
Esto no es una catástrofe natural.
Es la consecuencia directa de decisiones humanas.
Más de 2.500 llamadas de emergencia en 24 horas
En solo 24 horas, la Defensa Civil de Gaza recibió más de 2.500 llamadas de emergencia, provocadas por inundaciones, vientos y el colapso de los precarios espacios de refugio. No se trataba de incidentes aislados, sino de peticiones desesperadas de familias atrapadas, de centros de acogida completamente destruidos y de personas sin ningún tipo de abrigo frente al frío y el agua.
Las respuestas fueron mínimas.
No por incapacidad técnica, sino por bloqueo material sostenido.
Israel ha destruido, mediante bombardeos y explosiones controladas, cientos de vehículos de rescate, incluidas excavadoras, camiones y sistemas de bombeo de agua, y mantiene restricciones severas al combustible, dejando a los equipos de emergencia sin movilidad ni capacidad real de intervención. La tormenta fue afrontada sin medios, sin recursos y sin posibilidad efectiva de llegar a quienes pedían socorro.
Cuando una población pide auxilio y nadie puede llegar, no falla la logística ni la política en abstracto: falla la humanidad de quienes deciden, de quienes destruyen, de quienes cierran los caminos por tierra, mar y aire y determinan que ninguna ayuda llegue —ni ahora ni nunca más.
Una tragedia documentada… y casi invisible
Los hechos están documentados.
Los datos existen.
Los testimonios existen.
Sin embargo, la cobertura mediática internacional ha sido escasa y episódica, pese a la magnitud de la tragedia. En la prensa española, uno de los pocos relatos detallados ha sido el publicado por Antonio Pita, corresponsal en Jerusalén, en El País:
Antonio Pita, “La tormenta Byron agrava la tragedia humanitaria en Gaza”, El País, Jerusalén, 11 de diciembre de 2025, 18:32 CET.
Cuando la desgracia se celebra
En su crónica desde Jerusalén, Antonio Pita añade un elemento que trasciende la catástrofe material y entra de lleno en el terreno moral. Según relata en El País, la devastación causada por la tormenta Byron en Gaza fue celebrada públicamente en un canal de televisión israelí.
El meteorólogo Tzaji Peleg, en el canal 14 —abiertamente favorable al Gobierno de Netanyahu—, afirmó que “no quedará [en Gaza] ninguna tienda de campaña en su sitio”.
El presentador respondió: “¡Oh, nos das una alegría!”.
Peleg añadió entonces: “Y no tengo problema con que no queden allí tampoco personas”.
“Claro”, concluyó el presentador.
No se trata de una frase sacada de contexto ni de un exceso verbal aislado. Es una celebración explícita del desamparo y de la posible desaparición de personas, pronunciada en un medio nacional, sin rectificación ni condena posterior.
Que estas palabras existan es grave.
Que estén documentadas es indiscutible.
Que no hayan provocado un escándalo internacional proporcional es, quizá, uno de los síntomas más claros del proceso de deshumanización en curso.
Resulta profundamente inquietante que una combinación de destrucción masiva, desplazamiento forzoso, colapso humanitario y la muerte de una bebé por frío apenas haya tenido continuidad informativa.
El silencio mediático no es ausencia de información:
es una forma de selección.
El bloqueo informativo como indicio
A este silencio se añade un hecho estructural que no puede ignorarse. Desde el 7 de octubre de 2023, el Estado de Israel impide la entrada libre de la prensa internacional en Gaza, quebrando los estándares mínimos que permiten a los medios trabajar con independencia, contraste de fuentes y acceso directo al terreno.
La consecuencia es inmediata y medible: la información que llega es fragmentaria, excepcional y mediada, y depende en gran medida de corresponsales que informan desde fuera del territorio o de testimonios locales que operan bajo condiciones extremas, sin protección y con graves limitaciones técnicas y de seguridad.
En cualquier contexto democrático, la restricción sistemática del acceso de la prensa no es una medida neutral, sino una señal de alarma. Cuando se impide mirar, se impide verificar; y cuando se impide verificar, se erosiona el derecho a la información y se debilita el control público de los hechos.
Que un Estado cierre el acceso a periodistas independientes mientras se desarrolla una ofensiva militar de esta magnitud —una intervención armada prolongada con efectos devastadores sobre la población civil— no reduce la gravedad de lo que ocurre: la incrementa. Porque aquello que no puede ser observado libremente rara vez es inocuo y la opacidad, en contextos de violencia, es siempre un indicio que merece ser tomado en serio.
Hambre, frío y lluvia: la acumulación deliberada del sufrimiento
La tormenta golpea a una población ya devastada por el uso del hambre como arma.
Solo en octubre, más de 9.000 niños fueron hospitalizados por desnutrición aguda. Entre julio y septiembre, el número de bebés que murieron el mismo día de nacer aumentó un 75 %, previsiblemente como consecuencia de la malnutrición de las madres.
A pesar de los acuerdos anunciados, Israel sigue impidiendo la entrada del volumen mínimo de ayuda humanitaria:
– Pactado: 600 camiones diarios
– Realidad: entre 113 y 234, según datos de la ONU y de las autoridades locales
Miles de camiones permanecen bloqueados en Egipto.
La lluvia y el frío no crean la tragedia.
La profundizan.
Una Navidad bajo el barro
Los palestinos cristianos de Gaza afrontan de nuevo la Navidad sin hogares, sin iglesias operativas y sin posibilidad de celebración.
No habrá liturgias públicas.
No habrá villancicos.
Habrá frío, barro y miedo.
En Gaza, ni siquiera la Navidad queda al margen, y ni siquiera ese dato parece suficiente para sacudir conciencias en un mundo que se proclama heredero de valores humanitarios y cristianos.
Poner nombre es una forma de justicia
Poner nombre a quien muere es una forma de justicia.
Recordarla no es un gesto simbólico:
es romper la deshumanización,
es desafiar el olvido,
es negar que el horror se vuelva costumbre.
Rahaf Abu Jazar tenía nombre.
Tenía ocho meses.
Murió de frío en una tienda inundada.
Cuando la prensa calla, hablar no es una opción:
es una obligación ética.

