Los hijos, los nietos, el futuro

En el Alto Egipto, las familias se levantaron contra el narcotráfico y obligaron al Estado a corregir. Una historia de resistencia comunitaria, dignidad y responsabilidad hacia las generaciones futuras que revela un Egipto mucho más profundo que sus monumentos milenarios.

Niños egipcios saltando al río Nilo junto a una faluca tradicional en el Alto Egipto, símbolo de infancia, comunidad y futuro.

El Egipto que no está en los templos

Cuando el pueblo obliga al Estado a corregir

Europa viaja a Egipto para mirar hacia atrás. Venimos a buscar pirámides, tumbas, templos y faraones; recorremos miles de kilómetros para contemplar piedras que llevan en pie milenios y regresamos fascinados por una civilización extraordinaria que, sin darnos cuenta, situamos enteramente en el pasado. A veces pienso que ésa es una de las grandes paradojas del viaje a Egipto: miramos tanto a los muertos que apenas vemos a los vivos.

Porque Egipto no es un museo habitado accidentalmente por más de cien millones de personas. Tampoco es únicamente aquella civilización de siete mil años cuya grandeza seguimos intentando descifrar. Es una sociedad viva, compleja y contradictoria, y en el Alto Egipto conserva una cohesión que resulta difícil comprender desde una Europa mucho más rica, pero también mucho más individualizada. Yo misma tardé en entenderlo. Hasta que un campesino me lo explicó sin discursos, sin estadísticas y sin una sola de las palabras con las que nosotros habríamos construido una teoría política.

Lo importante son los hijos, los nietos, el futuro.

Hablábamos de drogas.

Durante 2025, el shabú, la metanfetamina cristalina, se había convertido en una presencia cada vez más visible en Asuán y en distintos lugares del Alto Egipto. Pero para las familias que vivían allí no era una sustancia incluida en una estadística de consumo. Tenía nombres y rostros. Eran muchachos que cambiaban de comportamiento, pequeños robos que empezaban a repetirse, violencia dentro de las familias, armas, miedo y puntos de venta cuya existencia conocían los vecinos. En algunas localidades, las denuncias llevaban tiempo acumulándose. Habitantes de Al-Nagagra, en Kom Ombo, contaron posteriormente que habían denunciado durante dos años a los traficantes sin conseguir que el problema desapareciera.

Y entonces, el 20 de mayo de 2025, ocurrió lo que una comunidad ya no pudo aceptar. En Al-Kubaniya, en la provincia de Asuán, un anciano de 95 años fue asesinado por su propio hijo, consumidor de drogas. La tragedia no había nacido aquella mañana. La familia llevaba tiempo viviendo con miedo; la mujer del agresor se había marchado con sus hijos y el anciano había llegado a dormir fuera de su propia casa porque temía a su hijo.

Su muerte fue el límite.

Pero importa mucho recordar quién estableció ese límite. No fue el Ministerio del Interior, ni una nueva estrategia policial, ni una campaña gubernamental contra las drogas. Fue la gente. Fueron las familias y fueron también las mujeres —madres, esposas y abuelas— quienes salieron a la calle. Después lo hicieron otros vecinos y otros pueblos. Sólo más tarde llegó una respuesta del Estado de una intensidad que hasta entonces no se había producido.

Decir que el Estado «reaccionó» no describe, por tanto, exactamente lo sucedido. El Estado tuvo que corregir.

La diferencia no es semántica. Reaccionar significa responder a un acontecimiento; corregir significa reconocer, aunque sea implícitamente, que aquello que estaba ocurriendo no podía continuar como hasta entonces. Los habitantes no querían una operación policial espectacular que durase unos días para regresar después al mismo punto. Querían que desaparecieran los lugares donde se vendía shabú, que los traficantes dejaran de comportarse como si nada pudiera ocurrirles y, sobre todo, que aquello no volviera.

La autoridad que nace de la comunidad

En Al-Nagagra la movilización llegó mucho más lejos. Los vecinos salieron a la carretera, exigieron una actuación contra el narcotráfico y terminaron dirigiéndose a uno de los puntos de venta. Lo incendiaron y una excavadora acabó derribándolo. Los traficantes respondieron después con armas y hubo vecinos heridos. Nada de eso debería idealizarse. Soy jurista y no podría defender una sociedad en la que una multitud decidiera quién es culpable y procediera a ejecutar su propia sentencia. Una excavadora no sustituye a un juez, del mismo modo que una sospecha no sustituye a una prueba.

Pero tampoco sería intelectualmente honesto comenzar el análisis en la excavadora. Antes hay que formular otra pregunta: ¿por qué seguía allí el punto de venta?

Ésa es la pregunta que conduce al verdadero problema. El Estado exige al ciudadano que no se tome la justicia por su mano porque existe un pacto implícito detrás de esa prohibición: no lo hagas tú porque lo haré yo, mediante policías, fiscales, jueces y leyes. Cuando durante meses o años una comunidad denuncia lugares que todo el mundo conoce y no consigue que desaparezcan, lo que empieza a quebrarse no es solamente la seguridad. Es la confianza en quien tiene el monopolio legítimo de protegerla.

Durante aquellos meses escuché repetidamente acusaciones de corrupción policial. No puedo demostrar que un determinado policía protegiera a un determinado traficante y no quiero convertir una percepción colectiva en una imputación individual. Pero había una pregunta que se repetía y cuya sencillez la hacía demoledora: ¿cómo puede saber todo un pueblo dónde se vende droga y no conseguir saberlo —o impedirlo— la policía?

Para el Derecho existe una diferencia enorme entre corrupción, connivencia, negligencia, miedo e incapacidad. Para una madre cuyo hijo compra shabú en un lugar que todos conocen, esas categorías jurídicas importan bastante menos. Ella ve que el punto sigue abierto.

Fue entonces cuando comprendí algo del Alto Egipto que no había entendido desde fuera. La autoridad del Estado es enorme, pero no es la única autoridad que existe. Hay otra, mucho más antigua y difícil de medir, que nace de la familia, del pueblo, de los mayores, de los vínculos entre generaciones y de una idea de responsabilidad colectiva que Europa ha ido debilitando a medida que reforzaba al individuo.

Eso tiene aspectos que no deben romantizarse. La misma comunidad que protege puede asfixiar; la tradición puede convertirse en imposición; la familia extensa puede ejercer un control sobre el individuo que una mentalidad europea difícilmente aceptaría. Pero sería igualmente absurdo negar la fuerza que contiene. Cuando una amenaza alcanza a los hijos, el problema de una familia puede convertirse rápidamente en el problema de todas.

Quizá por eso las mujeres tuvieron tanta importancia. Desde Europa conservamos una imagen sorprendentemente pobre de la mujer rural egipcia: la vemos cubierta, tradicional, sometida a una sociedad patriarcal y creemos haber comprendido con esa fotografía toda su posición social. Después uno vive allí y descubre estructuras de poder mucho más complejas. Aquellas madres y abuelas no necesitaban conocer la composición química de la metanfetamina ni leer un informe de Naciones Unidas. Conocían a los muchachos. Sabían quién estaba cambiando, qué casa empezaba a tener problemas, quién robaba para conseguir la siguiente dosis y qué familia comenzaba a romperse.

Y entendían algo todavía más sencillo: esos muchachos eran quienes algún día tendrían que sostener a la