O povo fez o milagre. El pueblo hizo el milagro. En Brasil, la esperanza aprendió a circular de teléfono en teléfono y nos recordó cuánto poder conservamos cuando decidimos dejar de alimentar el miedo.
Hay una escena de la campaña brasileña a la que merece la pena volver. En la conversación de Lula con André Janones, disponible en YouTube, el presidente que conoce las fábricas, las asambleas y las plazas se encuentra con quien conoce también los caminos por los que una conversación llega a miles de pantallas. Entre ambos hay un teléfono.
La escena tiene la cercanía de las cosas que se aprenden con alguien al lado. Por un momento, la política cabe en ese gesto de quien explica y de quien escucha, mientras al otro lado otras personas descubren que también ellas pueden participar. Basta con que alguien abra la puerta para que lo que parecía reservado a unos pocos empiece a estar al alcance de muchos.
Quizá convenga empezar ahí para comprender lo que en Brasil podemos llamar un milagro. La palabra pertenece al asombro; el trabajo que lo hizo posible pertenece a las personas.
Un país que volvió a decidir su futuro

Brasil tiene una población estimada de 214,2 millones de habitantes y un electorado de unos 158,7 millones de personas. El 25 de octubre acudieron a votar 128.236.074, el 80,78 % del electorado contabilizado. Lula ganó la segunda vuelta con 64.256.232 votos, el 51,79 % de los válidos. Detrás de esas cifras había un país inmenso que volvía a decidir su futuro.
Hay otro dato que merece detenernos. Los votos en blanco fueron 1.430.496, el 1,12 % de los emitidos, y los nulos 2.723.305, el 2,12 %. Juntos representaron apenas el 3,24 %, frente al 4,77 % de la primera vuelta. La abstención también descendió, del 21,08 % al 19,22 %. Hubo, por tanto, más participación y una mayor proporción de votos dirigidos a una candidatura.
Sería valioso que se estudiara cuánto pudo contribuir a ese resultado la educación para participar. Las cifras muestran el cambio, aunque por sí solas no permitan atribuirlo a una causa concreta. La enseñanza de Janones ofrece una vía que merece examinarse, al ayudar a que quienes se sentían ajenos a la conversación digital aprendieran a intervenir en ella. Que el voto en blanco o nulo también pueda expresar una decisión consciente no resta interés a lo ocurrido.
La movilización digital formó parte de una campaña que volvió a enlazar las pantallas con las calles. En esa experiencia me interesa especialmente la posibilidad de que las personas recuperen la iniciativa cuando todo parezca dispuesto para que se resignen.
Cuando la esperanza encuentra un camino
En mi artículo anterior, «Las redes antisociales y el lucrativo negocio del odio», escribí que el algoritmo no tiene conciencia. Las personas que deciden cómo utilizarlo sí.
Ahora quisiera detenerme en quienes reciben sus efectos. En nosotros, cuando un dedo recorre la pantalla y van pasando una noticia, una burla, una amenaza, otra noticia y un anuncio que parece conocernos demasiado bien.
La jaula de oro de las recomendaciones
Una de las tareas de los sistemas de recomendación con sus algoritmos programados, consiste en seleccionar lo que veremos a partir, entre otras señales, de nuestra actividad anterior. Lo que vimos ayer o anteayer, las cuentas con las que interactuamos y las publicaciones que compartimos pueden influir en lo que aparezca hoy. El sistema calcula qué podría interesarnos y ordena los contenidos conforme a esas predicciones.
Meta, propietaria de Facebook, Instagram y WhatsApp, es una de las empresas que organizan ese universo. También intervienen X y Telegram, aunque sus servicios y mecanismos sean distintos. En X, la sección «Para ti» recomienda publicaciones teniendo en cuenta nuestras interacciones y las de nuestra red. Telegram combina la difusión mediante canales y grupos con recomendaciones de canales públicos similares, seleccionados por la coincidencia, lease algoritmos, entre sus suscriptores. Conviene conocer esas diferencias para comprender cómo circula un mensaje y qué decisiones toma cada plataforma sobre su distribución.
Si nos detenemos en un asunto y seguimos interactuando con contenidos parecidos, esa preferencia puede reforzarse hasta llenar la pantalla de un mundo que nos resulte familiar. Tu dedo hace clic, pero elige entre contenidos que el algoritmo de tu red antisocial favorita ya ha seleccionado y ordenado para ti. Aunque no desaparezca toda diversidad, existe el riesgo de que acabemos confundiendo esa porción de lo visible con la realidad entera. ¿O tal vez pensabas que todo lo elegías tú?
Podríamos ir entrando así en una jaula de oro, agradable porque reconoce nuestros gustos y confirma nuestras certezas. Sus barrotes apenas se advierten mientras las ventanas se vayan abriendo hacia paisajes semejantes. Entre contenidos que nos agradan y mensajes que confirman lo que ya creemos, podemos acabar olvidando la pausa necesaria para pensar, reflexionar, verificar lo que se afirma y comprobar si hay razones para darlo por cierto o no.
Cuando la discordia resulta rentable
La atención tiene un precio. Nuestro tiempo también, aunque no siempre seamos nosotros quienes lo cobramos. En ese apetito comercial que siempre necesita otro minuto de nuestra vida asoma una gula que difícilmente se sacia.
Cuando una plataforma recompensa aquello que provoca respuestas, la indignación, el odio e incluso la difusión de violencia pueden convertirse en un negocio lucrativo. Si además determinados actores políticos encuentran provecho en sembrar desconfianza y señalar enemigos, el interés comercial y la estrategia del miedo pueden encontrarse en la misma pantalla.
Así aparecen las redes de discordia social, lugares donde la promesa de acercarnos termina, demasiadas veces, administrando nuestras distancias.
La extrema derecha ha encontrado en el miedo y la hostilidad una herramienta de movilización. Ante ese lenguaje, los mensajes de Lula ofrezcen la confianza necesaria para que cada persona pueda aprender y participar, sienta que su vida merece cuidados y se atreva a imaginar un porvenir propio.
Hay alegría en esa invitación, una alegría con asuntos pendientes. Que el salario alcance, que haya comida en la mesa, que una escuela abra sus puertas y que una oportunidad no quede siempre fuera de nuestro alcance. La esperanza se vuelve creíble cuando puede pronunciar los nombres de las necesidades.
El teléfono y la plaza
Janones ayudó a organizar esa circulación mediante el canal de WhatsApp «Exército do Lula». La denominación militar llam

