IA y poder. Del mito del progreso al retorno del Leviatán

Hay momentos en los que un sistema deja de necesitar explicaciones. Simplemente se muestra. No porque haya cambiado, sino porque ya no puede sostener el relato que lo protegía.

El fin del relato amable de la inteligencia artificial

La inteligencia artificial ha vivido durante años envuelta en una promesa casi redentora. Se nos dijo que ampliaría las capacidades humanas, que aliviaría el trabajo, que curaría enfermedades y resolvería crisis estructurales. Ese discurso no era ingenuo. Era necesario. Como toda gran transformación tecnológica en la historia, requería legitimación antes de desplegar su verdadero alcance.

La IA como infraestructura de poder

Centro de datos de inteligencia artificial con servidores representando el poder invisible basado en datos y algoritmos
Aquí el poder ya no se muestra. Se ejecuta.

En los últimos días, sin embargo, esa narrativa ha empezado a deshacerse. El juicio que enfrenta a Elon Musk y Sam Altman no es un simple conflicto empresarial. Es la exposición pública de una disputa por el control de una infraestructura que ya no es tecnológica en sentido estricto, sino política. Al mismo tiempo, los acuerdos entre las grandes empresas del sector y el Pentagon han dejado de ocultar lo evidente. La inteligencia artificial no es un instrumento neutral. Es una pieza central en la arquitectura contemporánea del poder.

Del beneficio compartido al dominio estructural

Nada de esto debería sorprender. La historia económica muestra con claridad que toda tecnología que exige inversiones masivas y continuadas termina alineándose con estructuras de poder capaces de sostenerla. Amazon, Google, Microsoft o Meta no operan en el vacío. Necesitan infraestructuras energéticas, estabilidad geopolítica y, sobre todo, marcos de protección estatal. La relación con el poder militar no es una desviación. Es una consecuencia lógica.

Guerra, economía y tecnología como sistema de presión

En este punto aparece un elemento que conviene no suavizar. La lógica económica que sostiene este sistema ya no responde a un esquema de beneficio compartido. Durante décadas se sostuvo la idea de que el crecimiento tecnológico generaba un efecto de expansión que, de una u otra forma, alcanzaba a la mayoría. Ese equilibrio se ha roto. Lo que emerge es una estructura en la que el beneficio se concentra y el coste se externaliza.

La economía estadounidense, que durante mucho tiempo se presentó como un proyecto de suma positiva, ha dejado de serlo. Lo que se está implementando no es un ajuste ni una desviación, sino un modelo consolidado a lo largo de décadas de intervención. Desde la guerra de Corea hasta los conflictos actuales con Irán, la lógica es constante. El crecimiento propio no se construye en equilibrio con otros, sino mediante presión estructural sobre ellos.

No se trata de episodios aislados, sino de una secuencia histórica coherente, sostenida por intervenciones militares y políticas a lo largo de décadas. Incluso los intereses de su propia población quedan subordinados a una lógica más amplia, la de mantener una posición dominante apoyada en la fuerza militar, la tecnología, la economía y el control del conocimiento.

Ese desplazamiento no es menor. Define una forma de poder.

Silicon Valley y el nuevo Leviatán

Lo que sí resulta más revelador es el plano en el que estas empresas comienzan a situarse. Ya no se presentan únicamente como actores económicos. Se insertan en una tradición mucho más antigua, la de quienes definen cómo debe organizarse la sociedad. Desde Thomas Hobbes sabemos que toda construcción política parte de una premisa sobre la naturaleza humana y concluye en una forma de orden. Lo que hoy emerge desde Silicon Valley sigue ese mismo patrón. Se describe al ser humano como vulnerable, desbordado por la complejidad del mundo contemporáneo, y se ofrece como respuesta un sistema capaz de anticipar, decidir y gestionar por él.

Cuando las empresas empiezan a diseñar sociedad

Ese desplazamiento es esencial. No se trata de herramientas. Se trata de soberanía.

Conceptos como tecnofascismo han comenzado a circular con fuerza, a menudo utilizados de forma imprecisa. Sin embargo, detrás del término hay una estructura reconocible. Vigilancia masiva, centralización de datos, automatización de decisiones y una legitimación basada en la eficiencia más que en el consenso. No es un fenómeno completamente nuevo. Es la actualización tecnológica de una lógica de control que ha acompañado a las formas de poder más intensas a lo largo de la historia.

Tecnofascismo y control invisible

En este punto, la comparación histórica resulta inevitable. Ni siquiera el Imperio romano, con toda su capacidad militar, construyó su dominio sobre la apropiación cerrada del conocimiento. Su fuerza residía en su capacidad de absorber, integrar y hacer circular saberes en un espacio amplio. Esa circulación no debilitaba el imperio. Lo hacía posible.

Precisamente por eso puede hablarse de imperio en sentido pleno. Un sistema que integra, articula y expande conocimiento. Cuando el saber se cierra, se privatiza y se convierte en instrumento exclusivo de dominio, lo que surge ya no es un imperio, sino otra cosa. Un simulacro sostenido por la fuerza.

La imposición mediante guerra, presión económica y superioridad tecnológica no construye civilización, la erosiona. Puede generar dominio, incluso durante largos periodos, pero lo hace a costa de desarticular los equilibrios que hacen posible una estructura duradera. Si esa lógica se impone sin límite, el resultado no es un orden estable, sino un espacio fragmentado, tensionado de forma permanente, en el que un único actor conserva la capacidad de imponer reglas porque ha contribuido previamente a debilitar las de los demás.

Vigilancia, datos y decisiones automatizadas

En este punto, la comparación con Egipto no es una licencia estética. Es una referencia estructural. El poder faraónico no se ocultaba. Era visible, monumental, inscrito en piedra. Se articulaba a través de símbolos, de una cosmovisión compartida y de una responsabilidad clara. El orden existía porque era comprensible dentro de un marco cultural que lo hacía legible.

Hoy el poder no ha disminuido. Ha cambiado de forma. Se ha desplazado hacia sistemas opacos, distribuidos en redes de datos y algoritmos que no se presentan como poder, sino como servicio. La diferencia no está en la intensidad, sino en la visibilidad.

Roma, Egipto y Bagdad frente al cierre del conocimiento

Resulta aún más significativo si ampliamos la mirada hacia otro momento histórico. Cuando el mundo islámico, en su fase de expansión y consolidación, decidió preservar y traducir el conocimiento acumulado en Alejandría, no lo hizo para ocultarlo, sino para ampliarlo. La creación de la Casa de la Sabiduría en Bagdad no respondió a una lógica de control del saber, sino a su circulación. El conocimiento se convirtió en un instrumento de construcción civilizatoria, no en un recurso estratégico reservado.

Ese contraste es profundo. Hoy asistimos a una inversión de esa lógica. El conocimiento más avanzado, encapsulado en modelos de inteligencia artificial, tiende a concentrarse, a protegerse, a integrarse en estructuras de poder económico y militar. Lo que en otros momentos fue apertura se transforma ahora en ventaja competitiva y, en última instancia, en dominio.

La inteligencia artificial no está inaugurando una nueva era en el sentido en que suele presentarse. Está reconfigurando una constante histórica. El poder busca siempre los instrumentos más eficaces para organizar, prever y controlar. La novedad no es su existencia, sino su grado de abstracción y su capacidad de operar sin necesidad de mostrarse.

No es una deriva abstracta ni una característica de nuestro tiempo en general. Es una estrategia concreta impulsada desde Estados Unidos, que no se limita a organizar su propio sistema, sino que pretende arrastrar al resto del mundo a una dinámica de confrontación permanente, fragmentando espacios y enfrentando actores entre sí mientras mantiene su posición dominante.

El poder que impone reglas tras debilitar las de los demás

La tecnología, la economía y el control del conocimiento no actúan de forma independiente. Funcionan como un mismo sistema de presión.

Y es precisamente ahí donde el relato vuelve a ser necesario. No para justificar el sistema, sino para comprenderlo antes de que deje de ser interpretable.

IA y poder. Del mito del progreso al retorno del Leviatán
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