Merz: ¡Es la guerra, estúpido!

El descalabro de Merz plantea una pregunta que Europa no puede seguir aplazando: ¿cómo terminar la guerra? Rearme, desgaste social y auge de la extrema derecha, mientras falta un horizonte de paz.

Fachada y cúpula del Reichstag iluminadas de noche, con banderas alemanas y un cielo estrellado.

Reflexiones sobre unas elecciones anunciadas

Hay fracasos políticos que comparecen impecablemente vestidos exigiendo nuevos sacrificios a quienes pagan sus consecuencias. El problema empieza cuando confunden la firmeza con la obstinación y presentan cada derrota como una razón para insistir.

La crónica de Cristian Segura en EL PAÍS, publicada el 21 de septiembre, describe un golpe histórico: la CDU queda fuera del Parlamento de Mecklemburgo-Pomerania Occidental mientras la extrema derecha avanza. Merz responde anunciando reformas como antídoto contra el autoritarismo. Pero las discrepancias alcanzan a sus socios y a dirigentes de su partido. Vamos, que lo que se discute es el contenido de esas reformas, no simplemente cómo explicarlas. EL PAÍS.

Esa distinción importa. Cuando los ciudadanos rechazan una política, quizá no necesiten que se la expliquen mejor. Quizá necesiten otra política.

La seguridad también consiste en poder vivir

No pretendo reducir el ascenso de la AfD a una sola causa. Sería tan cómodo como atribuirlo todo a la ignorancia del electorado. Pero tampoco acepto que el malestar social se trate como una enfermedad cuya cura consiste en administrar más de lo mismo.

Una democracia pierde credibilidad cuando pide confianza mientras vuelve inciertas las condiciones materiales que permiten confiar: un empleo digno, una pensión aceptable, atención a la dependencia y, sobre todo, un futuro que no se presente como una sucesión de renuncias.

En el este de Alemania, la distancia entre las promesas de la reunificación y la experiencia de quienes se sienten relegados exige algo más que discursos sobre responsabilidad. Ese agravio no convierte a la extrema derecha en una solución. Sí obliga a preguntarse por qué las fuerzas que deberían combatirla dejan tanto espacio para que lo explote.

Si la defensa de la democracia llega acompañada de un deterioro de la vida cotidiana, quienes gobiernan tienen un problema que ninguna campaña de comunicación resolverá.

¡Es la guerra, estúpido!

La guerra sigue. Se acumulan sus costes y su destrucción, mientras falta una respuesta política convincente: ¿cómo pretenden terminarla? ¿Existe una estrategia para hacerlo o se nos pide aceptar su prolongación como horizonte?

El rearme no puede sustituir indefinidamente a una estrategia diplomática. Ha habido contactos y propuestas; lo que sigue faltando es que se traduzcan en una salida sostenible. Un presupuesto militar explica cuánto se quiere gastar. No explica qué paz se quiere construir.

Desde las negociaciones de 2022, el papel de Boris Johnson y de otros dirigentes occidentales merece un examen crítico. Samuel Charap y Sergey Radchenko, en su investigación publicada en Foreign Affairs, describen la escasa disposición occidental a respaldar aquel proceso y asumir las garantías de seguridad que requiere la paz y la estabilidad de toda Europa, y Rusia es Europa. Charap y Radchenko, copia del artículo.

Mi conclusión es que una paz duradera exige pensar en la seguridad del conjunto del continente. Rusia también forma parte de Europa. Ninguna arquitectura de seguridad puede ignorar su existencia geografica, como tampoco puede construirse aceptando que Moscú imponga por la fuerza el destino de sus vecinos.

La responsabilidad europea merece un examen propio. En febrero de 2026, mientras Macron y Meloni defendían reabrir el diálogo directo con Putin, Merz sostenía que no veía necesario abrir canales adicionales de comunicación. Esa posición merece una crítica clara pues si Europa reclama decidir sobre su seguridad, sus dirigentes deben estar dispuestos a asumir también el trabajo de negociar. EL PAÍS.

Sería inexacto decir que nadie ha levantado el teléfono. Macron habló con Putin en julio de 2025 y reclamó un alto el fuego. Pero una conversación no basta para demostrar que exista una estrategia diplomática sostenida. A Merz, Macron y al Gobierno británico les corresponde explicar cómo pretenden convertir sus posiciones en un proceso de negociación capaz de producir resultados. Comunicado del Elíseo.

La propia UE buscaba en junio de 2026 reabrir una vía de comunicación con Moscú para evitar quedar al margen de las conversaciones. Esa iniciativa debe juzgarse por su continuidad, sus propuestas y sus resultados. Europa no puede reclamar un asiento en la mesa y dejar que Washington haga todo el trabajo de interlocución. Associated Press.

Decir que se quiere la paz mientras solo se explica cómo prolongar el esfuerzo bélico resulta políticamente insuficiente.

Biden y Trump: Washington también debe responder

La crítica no puede detenerse en Berlín. Estados Unidos ha tenido una capacidad decisiva para influir en el curso de esta guerra y sus presidentes también deben responder por el uso que han hecho de ella.

Biden: desgastar a Rusia, ¿hasta cuándo?

Con Biden, el apoyo a la defensa ucraniana convivió con un objetivo estratégico expresado públicamente por su secretario de Defensa. El 25 de abril de 2022, Lloyd Austin explicó que Washington quería debilitar la capacidad militar rusa hasta impedir que pudiera repetir una invasión como la de Ucrania. Declaraciones de Austin recogidas por Axios.

Ese objetivo obliga a una pregunta política: ¿cómo se conciliaba el intento de desgastar a Rusia con la búsqueda de una paz que redujera cuanto antes la destrucción de Ucrania? Debilitar al adversario puede formar parte de una estrategia militar, pero no es politica. Convertir esa ventaja en un acuerdo sostenible exige otra clase de trabajo.

A Biden le reprocho su enroque en cómo desgastar a Rusia en vez de cómo terminar la guerra. Enviar armas y endurecer sanciones no bastaba sin abrir una salida negociada., se puede interpretar es un enfoque de negocio de venta armamento. Porque prolongar la resistencia no puede venderse indefinidamente como un éxito mientras Ucrania y Rusia pierde vidas, ciudades y futuro y el resto de Europa se empobrece.

Trump: de la promesa de paz a la cumbre de Alaska

Trump tampoco merece un cheque en blanco por sentarse con Putin. Abrir un canal directo es necesario; presentarse como el hombre capaz de resolverlo todo no sustituye la preparación, la continuidad ni las garantías.

La cumbre de Alaska del 15 de agosto de 2025 lo mostró con claridad. Terminó sin un alto el fuego. En la comparecencia, Putin habló de entendimientos y Trump reconoció que todavía quedaban cuestiones importantes sin resolver. El registro oficial permite comprobar la distancia entre el lenguaje de éxito y el resultado anunciado. Transcripción oficial de la cumbre.

Moscú siguió invocando Alaska al menos hasta junio de 2026, altos responsables rusos acusaron a Washington de incumplir aquellos supuestos entendimientos. Reuters señaló que Estados Unidos no había precisado qué se había acordado. Reuters.

Ha habido nuevos contactos entre enviados estadounidenses, que no diplomaticos profesionales, y Putin en septiembre de 2026. En el Kremlin ya no creen ni una palabra de Trump o su corte. Le Monde.

Europa , la vieja Europa que padece paralisis, debería tener una política propia, capaz de defender sus intereses y la seguridad de Ucrania sin esperar a que cada presidente estadounidense decida qué lugar concede al continente.

Una guerra abierta contra Rusia sería un suicidio para Europa

Esta es mi conclusión política: una guerra abierta contra Rusia sería un suicidio para Europa. El riesgo de una escalada entre potencias nucleares y la devastación que podría desencadenar hacen irresponsable presentar una guerra semejante como una opción controlable.

El propio Biden advirtió el 11 de marzo de 2022 de que una confrontación directa entre la OTAN y Rusia significaría una tercera guerra mundial que debía evitarse. Aunque analistas de referencia consideran que ya estamos en la WWIII. Declaración de Biden, archivo de la Universidad de California en Santa Bárbara.

Rusia seguirá siendo vecina de Europa cuando Merz se haya marchado. Ojalá él se marche más pronto que tarde; la geografía permanecerá. Ningún presupuesto militar va a modificarla. Habrá que encontrar una forma de convivencia que proteja a Ucrania y evite condenar al continente a una confrontación permanente.

¿Cuántos Von Papen 2.0 hay en Europa?

Mi reproche a Merz es que su ambición de liderazgo militar amenaza con relegar el bienestar y la cohesión de su propio país. La seguridad europea necesita sociedades capaces de sostenerla. Una población empobrecida, dividida y sin horizonte difícilmente encontrará consuelo en las estadísticas de armamento.

Que sirva de advertencia el caso de Franz von Papen, quien ayudó a llevar a Hitler a la Cancillería convencido de que podría ser controlado por los conservadores desde el Gobierno.Museo Conmemorativo del Holocausto de Estados Unidos.

La Alemania actual no es la de 1933. La comparación no convierte a Merz en Papen ni permite anunciar un desenlace inevitable. Sirve para examinar el peligro de una derecha convencida de poder contener a la extrema derecha termine facilitándole el camino al asumir sus argumentos y normalizar sus posiciones.

¿Cuántos Von Papen 2.0 hay por Europa? ¿Cuántos dirigentes creen frenar a la extrema derecha mientras debilitan la protección social y desacreditan cualquier alternativa como irresponsable?

Merz habla de responsabilidad histórica. Bien: esa responsabilidad también debería medirse por el país que deje cuando se vaya.

Si su legado acaba siendo una Alemania más empobrecida, más dividida, sin un horizonte de paz y con la extrema derecha más cerca del poder en Berlin, de poco servirá que haya presentado cada decisión como una muestra de firmeza.

La historia no le preguntará si parecía firme ante las cámaras. Le preguntará qué hizo con el país que tenía la responsabilidad de gobernar.

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