Violencia vs “Amor”: Cuando el miedo se convierte en norma
El miedo a la mujer: Religión, poder y violencia normalizada

Las mujeres seguimos sufriendo por lo que se ha llamado “Amor”.
No es amor, sino celos, control y envidia disfrazados de cuidado; conductas repetidas hasta convertirse en costumbre, aceptadas como tradición. Cuando la realidad se revela, muchas descubren que la traición no siempre llega en forma de infidelidad, sino de anulación.
En algunos casos, esa anulación desemboca en violencia física, visible, reconocible y, no pocas veces, mortal.
En muchos otros, deriva en la más extendida y menos visible de todas: la violencia psíquica. Una violencia que no se ve, pero que puede conducir a la autodestrucción de la mujer, a la pérdida de identidad, de voluntad y de sentido de sí misma.
La violencia psíquica es silenciosa, progresiva y profundamente destructiva. No deja marcas visibles, pero erosiona la autoestima, la autonomía y la percepción de la realidad. No se trata de conflictos puntuales ni de discusiones, sino de dinámicas sostenidas de control, desvalorización y miedo. Es el terreno donde prosperan las relaciones tóxicas.
En psicología, estas relaciones se describen como vínculos en los que una de las partes ejerce control emocional sobre la otra, generando dependencia y temor a la pérdida. Celos constantes presentados como interés, aislamiento progresivo, culpa inducida, desvalorización sutil y manipulación de la realidad forman parte de este patrón. Lo más peligroso es su normalización: se confunde con amor intenso, con compromiso o con la idea de “luchar por la relación”.
Nada de esto surge de la nada.
Tiene raíces históricas profundas.
El miedo como origen del sometimiento femenino
El sometimiento de la mujer no nace del desprecio, sino del miedo. Un miedo antiguo, mal gestionado, que se transformó en normas, leyes y jerarquías impuestas por los hombres —el varón— como forma de organización del poder.
Símbolos cotidianos: cubrir, ocultar, caminar detrás
Basta observar las grandes religiones monoteístas. En ninguno de sus textos fundacionales se establecen normas explícitas de sometimiento femenino tal como se han practicado durante siglos. El Corán no ordena que la mujer cubra su cabeza ni su rostro. Por el contrario, tanto el Corán como las enseñanzas atribuidas a Mahoma alaban a la madre y reconocen a la mujer como un ser moralmente igual y libre. Las normas de vestimenta, segregación y control no proceden del texto sagrado, sino de interpretaciones posteriores impuestas por hombres que regularon la religión como jerarquía.
Jesús de Nazaret nunca discriminó a la mujer. Los Evangelios no contienen normas de subordinación femenina. Sin embargo, la jerarquía posterior introdujo símbolos claros de desigualdad: en la iglesia, durante siglos, la mujer debía cubrir su cabeza, mientras el hombre debía descubrirla. Ella debía ocultarse; él mostrarse. No es un gesto inocente, sino una pedagogía visual del poder.
A ello se suma otra forma de control menos visible: las órdenes religiosas femeninas. Incluso cuando una mujer consagra su vida a Dios, queda sometida a una jerarquía masculina —el padre confesor, el superior eclesiástico— que regula su conciencia, su obediencia y su palabra. La espiritualidad femenina no se ejerce en igualdad, sino bajo tutela.
En el judaísmo ortodoxo, ciertas prácticas —como el afeitado del cabello femenino tras el matrimonio o la estricta separación de roles— se presentan como preceptos religiosos. A ello se suma una simbología cotidiana reveladora: el hombre camina delante, tomado de la mano del hijo varón mayor, mientras la mujer avanza varios pasos detrás con los hijos pequeños y las hijas. No es un gesto menor, sino una representación física y constante del orden jerárquico. El origen de estas normas no se encuentra de forma clara en los textos fundacionales, sino en interpretaciones normativas consolidadas por estructuras masculinas de poder.
Creer en Dios no puede significar someterse a las reglas y leyes de los hombres en la tierra. Las mujeres pueden creer en Dios sin entregar su vida, su cuerpo ni su inteligencia a una autoridad masculina.
Antes de la religión organizada, las primeras sociedades agrícolas no estuvieron sostenidas mayoritariamente por mujeres, sino absolutamente por ellas. Las mujeres se ocupaban del hogar, del campo y de la supervivencia del grupo. Eran ellas quienes conocían las hierbas, los ciclos de la naturaleza y los remedios. Ese conocimiento, transmitido durante generaciones, fue también el origen del miedo. De ahí nace, siglos después, la persecución de las llamadas “brujas”: mujeres que sabían, y por eso resultaban peligrosas.
Incluso en sociedades guerreras como la vikinga, la autoridad femenina en el ámbito doméstico no era cuestionada. El dominio masculino no nace como ley natural, sino como reacción: la imposición de la fuerza bruta cuando el miedo al conocimiento y a la autonomía femenina no supo gestionarse de otro modo.
Este sistema solo se ha perpetuado porque las mujeres han educado a sus hijos e hijas dentro de él. Han transmitido a sus hijas el miedo, la obediencia y la jerarquía como valores normales, y a sus hijos la idea de que decidir y reinar les corresponde por naturaleza. Así, generación tras generación, se ha consolidado la creencia de que el varón decide y reina, aunque termine en “A”.
Educación, inteligencia colectiva y futuro de la humanidad
El cambio comienza cuando la mujer accede a la educación, a la medicina y al derecho a elegir con quién casarse. Aunque históricamente también hubo hombres obligados a matrimonios no deseados, existe una diferencia fundamental: una vez dentro del matrimonio, el poder era masculino.
Biológicamente, la mujer ha demostrado una fuerza física y biológica extraordinaria. No se trata solo de resistencia, sino de capacidad real para sostener procesos extremos: gestar, parir, sobrevivir a embarazos repetidos, enfermedades y riesgos que durante siglos hicieron del parto una de las principales causas de muerte femenina. Esa fortaleza no es simbólica; es material, corporal y demostrada.
Sin embargo, hasta hoy, las enfermedades específicamente femeninas siguen siendo las menos investigadas y financiadas. No por falta de relevancia —las mujeres siguen siendo mayoría en la humanidad—, sino por falta de presupuesto y por un interés histórico mal orientado, condicionado por un poder económico concentrado en manos masculinas.
Mientras tanto, la investigación sobre la potencia sexual masculina ha recibido atención constante, fruto de una atención económica egocéntrica. La historia incluso registra muertes por abuso de sustancias destinadas a aumentar la virilidad, como ocurrió con Fernando el Católico.
Las normas religiosas, como las modas de vestimenta femenina a lo largo de la historia, han funcionado muchas veces como un corsé: diseñadas para agradar al hombre, incluso cuando aprietan hasta asfixiar. Aunque maten lentamente, se siguen llamando tradición.
La educación es clave. Una mujer puede alcanzar el nivel académico que desee, y debe poder hacerlo. La humanidad solo puede mejorar con mujeres plenamente formadas, informadas y libres intelectualmente.
La falsa superioridad de la fuerza bruta
La violencia no se erradica compitiendo ni concentrando el poder, el conocimiento o los recursos en una sola parte de la humanidad. Se erradica cuando se entiende que la inteligencia es un proyecto colectivo y a largo plazo. En esto todos pueden ganar, y ganan sobre todo las generaciones que están creciendo ahora.
Nadie gana sometiendo. La fuerza bruta y la violencia física son signos de un cerebro que no ha completado su evolución. Ese principio pertenece al mundo animal. Si el ser humano se considera la especie más evolucionada, ya es hora de demostrarlo.

