De los Tribunales al viento del Nilo y del mar Rojo

Cuando el poder se presenta como solución inevitable
Después de muchos años en tribunales, una acaba reconociendo ciertos patrones del poder incluso cuando se presentan disfrazados de novedad y fuera de la escenografía institucional. Cambian los rostros, cambian los eslóganes, pero el mecanismo permanece intacto: el poder que se ofrece como solución inevitable suele ser, precisamente, el problema reciclado.
El regreso del “deseado” en versión 2.0
En la España actual vuelve a respirarse ese aire antiguo, cuidadosamente ventilado, que anuncia la fabricación de un nuevo deseado. Alberto Núñez Feijóo, líder del Partido Popular, ha afirmado con naturalidad que, si su partido resulta el más votado en unas futuras elecciones generales, no tendría inconveniente alguno en pactar con Vox. Sin dramatismo. Sin pudor. Presentado como lo sensato, lo adulto, lo inevitable.
Aquí conviene precisar algo esencial: el PP no está vendiendo estabilidad. Eso sería casi honesto.
Lo que vende es otra cosa muy distinta.
Vende la promesa de un orden antiguo, jerárquico, silencioso, con olor a naftalina política, envuelto en un lenguaje de moderación que resulta inquietantemente atractivo incluso para quienes nunca vivieron los años oscuros de la dictadura, pero parecen añorarlos como concepto: sin conflicto, sin memoria, sin preguntas. Un pasado idealizado que nunca fue tan ordenado como ahora se recuerda.
España ya ha pasado por esto.
Fernando VII y la vieja tentación del orden absoluto
En el siglo XIX, tras una guerra devastadora contra Napoleón, el país entero esperaba el regreso de Fernando VII, conocido como El Deseado. Una guerra tan brutal que los españoles inventaron la guerrilla. Hubo resistencia, sacrificio, épica. Todo para que el rey volviera.
Cuando lo hizo, abolió la Constitución de 1812, restauró el absolutismo, empujó a las colonias a romper definitivamente con la Corona huyendo de un rey absoluto que sumió al país en una oscuridad política que solo terminó mediante un golpe militar. El problema no fue un hombre concreto. El problema fue el deseo ciego de un orden que ya estaba podrido.
Dos siglos después, el patrón no ha desaparecido. Se ha perfeccionado.
El orden que se vende y el vacío que deja
Hoy el producto se presenta con sonrisa moderada, con titulares amables y con una insistencia casi terapéutica en que “no hay alternativa”. Pero ese producto no existe. Es un globo lleno de gas, inflado a base de platós, tertulias y repetición mediática, que se deshinchará con mayor rapidez con la que asciende.
Cuando la historia no absuelve y los tribunales tampoco
La historia reciente es obstinada y, para quien ha leído sentencias, bastante clara: no ha existido un solo gobierno del Partido Popular que no haya terminado investigado y condenado por corrupción a gran escala. Uno solo. No existe. No es una consigna ideológica; es un hecho acreditado judicialmente, con nombres, autos y condenas.
Y, sin embargo, cada ciclo electoral se repite el mismo ritual: amnesia selectiva, relato nuevo, y la ilusión de que esta vez será distinto. No lo fue con Fernando VII. No lo fue en etapas más recientes. No hay razón objetiva para pensar que lo será ahora.
Y aquí entra el actor decisivo de nuestro tiempo: la prensa.
Badajoz: cuando la memoria se convierte en incomodidad
El eco se vuelve especialmente inquietante cuando aterriza en lugares concretos. En Badajoz, una parte significativa del electorado apoya opciones políticas que blanquean o minimizan hechos como el agosto de 1936 en la Plaza de Toros de Badajoz. No hablamos de símbolos ni de debates académicos. Hablamos de un espacio real, con muertos reales, convertido en incomodidad histórica que algunos prefieren borrar votando.
La prensa como fábrica de deseables
Hoy no basta con el discurso político. Hace falta airear al deseado. Ayer se hacía con proclamas y rumores; hoy se hace con saturación mediática. La prensa no solo informa: construye deseabilidad. Convierte la nostalgia en moderación, el retroceso en sentido común y el pacto con el pasado en responsabilidad institucional.
El nuevo Deseado no llega en carruaje, sino en prime time.
No se impone por decreto real, sino por repetición.
Desde el Nilo, donde el tiempo no se acelera por titulares y la historia pesa más que el trending topic del día, el paralelismo resulta difícil de ignorar. Cambiar las salas de juzgados por el viento de las velas no me ha alejado del derecho; me ha devuelto a su núcleo duro: sin memoria no hay orden democrático, solo decorado.
La historia no castiga, pero insiste
España no tropieza dos veces con la misma piedra.
Tropieza una y otra vez con la misma idea: que volver a un supuesto orden resolverá los problemas creados precisamente por ese orden.
La historia no castiga.
La historia avisa.
Y cuando no se la escucha, vuelve.
No como tragedia solemne, sino como farsa perfectamente televisada.

