España no necesita enemigos

Un país extraordinario atrapado en sus propias inercias

Representación histórica de las Cortes de Cádiz de 1812 durante la elaboración de la primera Constitución española
Las Cortes de Cádiz de 1812 simbolizaron uno de los primeros grandes intentos de construir un Estado constitucional moderno en España frente al absolutismo y la fragmentación política.

España no atraviesa una simple crisis política pasajera. Lo que hoy contemplamos es algo mucho más profundo y mucho más antiguo: la dificultad histórica de construir un verdadero sentido de Estado.

Mientras Alemania, tras la devastación moral y material de los años treinta y de la Segunda Guerra Mundial, inició lentamente en los años cincuenta un examen de conciencia sobre sus propios errores históricos, España nunca terminó de revisar del todo sus demonios estructurales.

El siglo XIX español fue una sucesión de guerras civiles focalizadas, pronunciamientos militares, golpes de Estado, constituciones destruidas y restauradas, un Fernando VII que liquidó el impulso constitucional de Cádiz, una Isabel II expulsada por incapacidad política y una fragilidad institucional casi permanente.

El siglo XX español y la continuidad de las fracturas

El siglo XX no fue mejor. España llegó a la Guerra Civil tras décadas de radicalización, violencia política y fracaso de las élites para construir un espacio común.

Aquella guerra no fue solo una tragedia española. Fue también un laboratorio internacional donde potencias extranjeras ensayaron nuevas armas, nuevas tácticas de bombardeo y nuevas formas de guerra ideológica sobre suelo español. La Legión Cóndor alemana, la intervención italiana, la presencia soviética y las brigadas internacionales convirtieron España en el ensayo general de la gran catástrofe europea que estallaría poco después.

Después llegaron treinta y nueve años de dictadura.

Y tras casi medio siglo de democracia, demasiadas instituciones siguen funcionando con inercias mentales propias del siglo XIX, del tiempo de Felipe IV y sus validos, o directamente de una cultura política que nunca terminó de abandonar determinadas prácticas de facción y ocupación partidista del Estado.

Décadas de erosión institucional

Por eso el ciudadano contempla con creciente desconfianza una acumulación histórica de episodios donde policía, justicia y partidos parecen confundirse demasiadas veces con luchas de poder.

De los GAL al 11-M

Los GAL en los años ochenta, la utilización política y conspirativa permanente alrededor del 11-M durante más de veinte años pese a existir sentencia firme, con un trato intolerable hacia las familias de las víctimas, Irak y el desprecio institucional mostrado hacia agentes y militares enviados al exterior, o el Yak-42, dejaron heridas profundas en la percepción ciudadana sobre la responsabilidad del Estado.

Privatizaciones, corrupción y captura institucional

Después llegaron las privatizaciones salvajes de finales de los noventa, la burbuja inmobiliaria y el empobrecimiento de generaciones enteras, Gürtel, Kitchen, los escándalos fiscales vinculados a Montoro y la sospecha recurrente de proximidad obscena entre aparato del Estado, grandes intereses económicos y estructuras partidistas.

La pérdida de confianza en las instituciones

Ahora vemos fiscales enfrentados entre sí, órganos constitucionales bloqueados durante años, policías convertidos en actores mediáticos y jueces que ya no solo dictan resoluciones discutidas dentro de la propia carrera judicial, sino autos que muchos juristas consideran directamente contra legem. El caso Peinado simboliza para muchos ciudadanos esa sensación de ruptura de límites que antes parecían intocables.

El ciudadano ya no sabe si asiste a investigaciones legítimas, guerras internas del sistema o simples luchas de facciones utilizando instituciones que deberían pertenecer al Estado y no a intereses coyunturales.

El problema español no es solo jurídico

El problema no es solo jurídico. Es cultural.

En España demasiadas veces no existe verdadero sentido de Estado ni conciencia de servicio público duradero. El aparato institucional se percibe como botín, como territorio ocupado temporalmente por facciones que utilizan el poder para destruir al adversario antes de que el adversario les destruya a ellos.

El contraste británico y la continuidad del Estado

Por eso impresiona observar otros modelos institucionales europeos.

En el Reino Unido, cuando llega un nuevo primer ministro, el Head of the Civil Service y la alta administración no actúan como representantes del partido anterior ni como una estructura a demoler. Se presentan ante el nuevo gobierno para informarle detalladamente de lo que el Estado está haciendo, de los proyectos en marcha, de las políticas iniciadas y de los compromisos adquiridos.

El objetivo no es destruir lo realizado por el gobierno anterior, sino garantizar continuidad institucional, estabilidad y servicio al país por encima de la lucha partidista.

El gobierno cambia.

El Estado permanece.

Esa es la diferencia.

La gran paradoja española

Y lo más paradójico es que todo esto ocurre cuando la España actual atraviesa uno de los momentos de mayor fortaleza objetiva de su historia contemporánea.

España está hoy tirando de Europa económica y políticamente, liderando crecimiento, sosteniendo capacidad social, proyectando estabilidad y demostrando una energía colectiva muy superior a la imagen miserable que ofrece su ruido político diario.

España dispone de infraestructuras modernas, talento humano, calidad de vida, posición geográfica privilegiada, potencia cultural, capacidad turística y una sociedad mucho más abierta y resistente de lo que sus propias élites parecen merecer.

Pero bastan unos pocos actores atrapados mentalmente entre Felipe IV y Francisco Franco para poner en riesgo décadas de construcción colectiva.

Porque no actúan como servidores públicos. Actúan como facciones. Necesitan demostrar fuerza, imponerse, humillar al adversario y conservar parcelas de poder aunque para ello haya que erosionar la confianza en todo el sistema.

La perra gorda sigue siendo más importante que el país.

España no necesita enemigos

Y ahí reside el verdadero peligro histórico español: no la invasión exterior, no el enemigo extranjero, sino la incapacidad recurrente de ciertas élites para comprender que destruir las instituciones para ganar una batalla política termina destruyendo también el suelo sobre el que todos pisan.

España es un diamante histórico, humano y cultural que demasiados españoles llevan siglos intentando romper sin comprender del todo la extraordinaria resiliencia de lo que tienen entre las manos.

Y en medio de este ruido permanente, quizá la ironía histórica sea que Felipe VI esté demostrando ser el primer Borbón desde Carlos III que parece entender que la Corona no está para servirse de España, sino para servirla.

España no necesita enemigos.

Nos bastamos solitos.

España no necesita enemigos | Catalina Garay
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