Cuando una nación histórica no se doblega, el imperio pierde la racionalidad y empieza a desbarrar

De España frente a Napoleón a la Persia contemporánea, una reflexión sobre el error recurrente de los imperios al confundir gobiernos con civilizaciones y sobre la nueva soberanía en tiempos de inteligencia, datos y poder transnacional.

Napoleón en el exilio en Santa Elena contemplando el océano Atlántico tras la caída de su imperio

Los imperios yerran al confundir un gobierno con una civilización.

España 1808. Cuando Napoleón confundió una Corona con una nación

En 1808, Napoleón cometió en España uno de los mayores errores estratégicos de toda su carrera. La monarquía borbónica estaba agotada, desprestigiada y profundamente desconectada del país real. La corte se había convertido en un espacio de intrigas, decadencia y cesiones dinásticas, mientras Fernando VII terminaba entregando la Corona española en Bayona a cambio de protección y compensaciones económicas que, comparadas con la dimensión del Imperio español, equivalían prácticamente a un puñado de monedas.  

El nacimiento inesperado de la guerrilla

Todo parecía indicar que la ocupación francesa sería rápida. España no atravesaba precisamente un momento de fortaleza política ni militar y el propio Napoleón estaba convencido de que bastaría con reorganizar la cúspide del poder para controlar el país. Años después reconocería que la guerra de España había sido uno de los grandes errores de su vida, quizas el primero que arrastro a la caida del imperio frances napoleónico.

Napoleón confundió una crisis política con el agotamiento de una nación histórica. Confundió una dinastía desacreditada con la desaparición de una identidad colectiva. Confundió la cesión de una Corona con la rendición de un pueblo.

Y fue precisamente ahí donde comenzó su desastre.

Porque España era ya entonces una de las estructuras históricas más antiguas y cohesionadas de Europa, una potencia imperial cuya continuidad política, jurídica y cultural se extendía desde mas de tres siglos por América, el Pacífico y gran parte de lo que hoy son los Estados Unidos. El error de cálculo de Napoleón no fue militar sino cultural, político, estructural y, sobre todo, un profundo desconocimiento de la idiosincrasia española.

El pueblo español no admiraba precisamente a sus gobernantes. Los despreciaba. Los Borbones eran motivo de burla en plazas, tabernas y esquinas de medio país. Pero una cosa era reírse de sus propios reyes y otra muy distinta aceptar que una potencia extranjera pretendiera reorganizar España desde fuera.

La respuesta no fue planificada ni centralizada. Fue espontánea, viral, popular y tácticamente inesperada. De aquella reacción surgiría incluso una nueva forma de combate que terminaría transformando la guerra moderna: la guerrilla. Una humillación desencadenó el levantamiento de todo un pueblo.

Napoleón esperaba una ocupación. Encontró una nación.

Todavía hoy, en lugares como Hondarribia, permanecen restos negros del fuego sobre antiguos tejados de piedra, memoria silenciosa de la política de tierra quemada aplicada durante la retirada del ejército “liberador” francés.

Los imperios suelen cometer siempre el mismo error: creen que controlando élites, gobiernos o sucesiones controlan también la continuidad profunda de una nación.

Hoy 218 años después, algunas potencias parecen acercarse nuevamente a esa misma equivocación histórica.

Persia y el mismo error dos siglos después

Más de dos siglos después, algunas potencias parecen haber vuelto a cometer el mismo error histórico que Napoleón en España: confundir la crisis de un gobierno con el agotamiento de una civilización.

Según las revelaciones publicadas por The New York Times y posteriormente recogidas por diversos medios internacionales, Estados Unidos e Israel habrían diseñado una operación de cambio de régimen en Irán basada en un cálculo aparentemente sencillo: eliminar o desarticular la cúspide del poder iraní, provocar una fractura interna rápida y colocar una figura alternativa capaz de pilotar una nueva transición política.

Y ahí aparece uno de los elementos más sorprendentes de toda la operación: Mahmoud Ahmadinejad.

Ahmadinejad y la paradoja del cambio de régimen

La paradoja histórica es extraordinaria. El mismo dirigente que durante años fue presentado en Occidente como símbolo del radicalismo iraní habría sido contemplado por sectores estadounidenses e israelíes como posible figura de transición tras el colapso del régimen.

El razonamiento recuerda inquietantemente al error napoleónico en Bayona: creer que controlando determinadas figuras políticas, determinadas élites o determinadas sucesiones puede reorganizarse desde fuera la continuidad histórica de una nación antigua.

Según el relato publicado por The New York Times, la operación incluía incluso la supuesta liberación de Ahmadinejad de un arresto domiciliario de facto mediante una acción militar israelí sobre las inmediaciones de su residencia.

El operativo fracasó y dio paso a la fase militar.

Lo verdaderamente relevante no es únicamente el supuesto plan en sí. Lo relevante es el tipo de razonamiento histórico que revela.

El error vuelve a ser el mismo al confundir desgaste político con doblegación nacional.

Irán atraviesa tensiones profundas:

  • económicas,
  • religiosas,
  • generacionales,
  • sociales,
  • y territoriales.

Como la España de 1808, no es precisamente un sistema armónico ni un bloque homogéneo. Existen descontento, divisiones internas y sectores enfrentados al poder establecido.

Pero una cosa es la crítica interna y otra muy distinta aceptar que una potencia extranjera reorganice desde fuera la estructura del país.

Ahí es donde muchas operaciones imperiales empiezan a desbarrar.

Persia —como España— no es un Estado de reciente creación ni artificialmente surgido de un reparto colonial. Tampoco es una construcción creada mediante la ocupación de territorios ajenos ni una identidad improvisada sobre el saqueo de pueblos nativos. Precisamente porque persas y españoles son los pueblos originarios de sus propias continuidades históricas, ambos países desarrollaron una conciencia nacional y cultural mucho más profunda que la simple existencia de un régimen político concreto.

Gobiernos, dinastías y sistemas pasan; la identidad histórica permanece.

Los imperios suelen cometer siempre el mismo error al creer que las sociedades reaccionarán únicamente en función de sus fracturas internas visibles. Pero en determinadas circunstancias ocurre exactamente lo contrario: la presión exterior reactiva capas profundas de identidad nacional, cultural e histórica que permanecían aparentemente dormidas.

Napoleón esperaba una ocupación sencilla y encontró una nación que se levantaba incluso mientras despreciaba a sus propios gobernantes.

Quizá algunas potencias contemporáneas estén redescubriendo, dos siglos después, el mismo error imperial sobre suelo persa.