Hay países bendecidos con playas magníficas. Otros ofrecen montañas espectaculares, una gastronomía célebre o ciudades empeñadas en no dormir jamás.
Egipto posee todo eso… y mucho más.
Sin embargo, nada de ello explica por completo por qué los viajeros —hoy llamados turistas— han cruzado desiertos y mares para llegar a este país durante más de dos mil años.
Vinieron, y siguen viniendo, por encima de cualquier otra razón:
La Historia.
No una historia encerrada tras las vitrinas de un museo, ni reconstruida a partir de unos pocos cimientos y una imaginación entusiasta. En Egipto, la historia continúa formando parte del paisaje. Se alza junto a las carreteras, domina el horizonte sobre las aldeas, permanece bajo las calles modernas y, de vez en cuando, aparece allí donde nadie esperaba encontrarla.
Egipto no es simplemente un país con monumentos antiguos. Es un país formado por sucesivos mundos históricos.
Un viaje por el tiempo… hacia atrás
Egipto es mucho más que el Antiguo Egipto
El viajero puede comenzar en el Cairo actual, entre el tráfico, los cafés, los ministerios, los edificios de apartamentos y los palacios desde los que se configuró el Egipto contemporáneo. A pocas calles de distancia, el siglo XIX sigue esperando entre las fachadas khediviales y las residencias reales. Si retrocedemos un poco más, aparecen las casas otomanas, las madrasas mamelucas, las puertas fatimíes y las primeras mezquitas del islam.
Detrás de ellas se encuentra el Egipto copto.
Detrás del Egipto copto, Roma.
Detrás de Roma, los Ptolomeos y Alejandro.
Y detrás de Alejandro, casi tres mil años de faraones, reyes, templos, tumbas, ciudades y un extraordinario arte de gobernar.
Alejandro llegó tarde
Incluso Alejandro Magno llegó bastante tarde.
Cuando entró en Egipto en el año 332 a. C., la Gran Pirámide de Guiza llevaba ya más de veintidós siglos en pie. Alejandro, que no era precisamente conocido por su modestia, había sido educado, sin embargo, por uno de los pocos hombres intelectualmente preparados para explicarle aquello que estaba a punto de encontrar.
Su maestro, Aristóteles, ni siquiera era ciudadano ateniense, sino un extranjero residente en la ciudad; un recordatorio de que la antigua Atenas, pese a su admirable pasión por la filosofía, era bastante selectiva a la hora de decidir quién podía participar en la vida política. Para Aristóteles, Egipto no era un reino lejano y exótico. En sus escritos lo presentó como una civilización de extraordinaria antigüedad, dotada de un gobierno organizado, sacerdocios especializados y un conocimiento acumulado durante siglos.
No sabemos con exactitud qué le enseñó Aristóteles a su joven discípulo sobre Egipto. Lamentablemente, no se ha conservado ningún práctico cuaderno de apuntes titulado Consejos para príncipes macedonios que planean conquistar el Nilo. Pero resulta razonable pensar que Alejandro llegó con la convicción de que Egipto no era simplemente otra provincia más del Imperio persa.
Era una civilización que ya era antigua cuando buena parte del mundo griego apenas comenzaba a desarrollar su propio lenguaje político.
La conducta de Alejandro en Egipto sugiere que comprendió perfectamente esa diferencia. No se presentó únicamente como un conquistador extranjero. Respetó la autoridad religiosa egipcia, viajó hasta el oráculo de Amón en Siwa, aceptó ser reconocido dentro de las tradiciones sagradas y políticas del país y fundó Alejandría sin intentar borrar la civilización que acababa de heredar.
Su auténtico genio en Egipto no consistió únicamente en conquistar, sino en reconocer.
Comprendió —o fue lo bastante inteligente como para comprenderlo muy deprisa— que nadie convierte a Egipto en un país importante simplemente por llegar a él.
Egipto ya se había ocupado de eso mucho antes.
¿Por qué viajar hacia atrás en el tiempo?
Esa inmensa profundidad temporal cambia por completo la forma en que Egipto debería explorarse.
Los relatos históricos convencionales comienzan en la prehistoria y avanzan obedientemente hacia el presente: primero la cerámica, después las coronas, las dinastías, las invasiones y, finalmente, nuestro tiempo. Es un método perfectamente respetable, aunque se parece bastante a leer las últimas páginas de una novela únicamente después de haber terminado varios volúmenes de notas a pie de página.
Para el viajero, el camino inverso puede resultar mucho más revelador.
Comience por el Egipto que está vivo hoy.
Y avance lentamente hacia atrás.
Pase de la República a la monarquía; de los palacios reales al Cairo otomano; de los mamelucos a los fatimíes; del Egipto islámico al mundo cristiano y romano; de Alejandría a los faraones; y, finalmente, más allá de los propios faraones, hasta las comunidades que se asentaron a orillas del Nilo antes de que Egipto tuviera una corona unificada, una arquitectura monumental o incluso un nombre que hoy nos resultara reconocible.
La biblioteca de las civilizaciones
Viajar hacia atrás ofrece además otra ventaja: evita que el Antiguo Egipto aparezca como un milagro aislado.
Las pirámides no surgieron una mañana cualquiera en mitad del desierto, por mucho que su escala invite a pensarlo. Fueron el resultado de siglos de conocimientos agrícolas, organización política, artesanía, pensamiento religioso y una administración cada vez más sofisticada.
Cuanto más retrocedemos en el tiempo, con mayor claridad comprendemos que la civilización egipcia no fue un único episodio grandioso seguido de un largo epílogo. Fue una extraordinaria sucesión de sociedades, cada una de las cuales heredó, adaptó, resistió o reinterpretó el legado de la anterior.
La mayoría de los países ofrecen al visitante un capítulo de la historia.
Egipto ofrece la biblioteca entera… y, además, ha sido lo bastante descuidado como para dejar buena parte de ella al aire libre.
Por eso no comenzaremos por el principio.
Comenzaremos por el Egipto de hoy y, poco a poco, iremos pasando las páginas hacia atrás.
Porque en Egipto el pasado nunca queda realmente detrás de nosotros; simplemente nos espera al doblar la siguiente esquina.
Este es solo el umbral. En los próximos capítulos iniciaremos nuestro viaje, no avanzando hacia delante por la historia, sino retrocediendo en el tiempo para descubrir los muchos mundos que, juntos, acabaron convirtiéndose en Egipto.



