Protagonismo político sobre el dolor ajeno

Protagonismo político sobre el dolor ajeno

En un Estado aconfesional, el duelo no puede convertirse en instrumento político ni territorial. Tras el accidente de Adamuz, los funerales ya celebrados en Andalucía contrastan con intentos de apropiación simbólica del dolor ajeno desde instancias sin vínculo alguno con la tragedia.

Cuando el duelo se convierte en agenda

Ya se han celebrado varios funerales por las víctimas del accidente de Adamuz. Varios. En Andalucía. Con cercanía, con urgencia, con respeto. En Córdoba, en Málaga, en los pueblos. Allí donde el dolor tiene nombre y apellidos. Allí donde viven la mayoría de los heridos y de las familias de las víctimas.

Conviene recordarlo antes de que algunos empiecen a comportarse como si el duelo ofreciera una oportunidad de agenda.

Entre los fallecidos y los heridos hay personas de distintas nacionalidades, creencias y convicciones. Precisamente por eso, en un Estado aconfesional como el español, los homenajes institucionales deben ser eso: institucionales.

Laicos. Incluyentes. Neutros.

Que luego cada familia, cada comunidad, cada diócesis celebre los funerales religiosos que considere oportunos forma parte del respeto debido. Y eso ya ha ocurrido, realizándose con diligencia y humanidad.

El lugar importa

Andalucía era, y es, el lugar natural para cualquier homenaje común. Por razones evidentes. Si empezamos a deslocalizar el duelo según intereses políticos, mañana nos vamos a Andorra, como Miguel Bosé.

Y entonces surge la pregunta inevitable.

¿Quién decide que Madrid debe tener su propio funeral?

Una presidenta autonómica cuyo territorio carece de conexión alguna con el accidente, gobernando a disgusto de muchos y, por desgracia, de la mayoría silenciosa, decide pedir un funeral católico como si el dolor nacional admitiera despacho propio.

Porque solicitar un funeral católico no es un gesto neutro.

Lo formula quien cree, quien practica, quien vive conforme a esa fe.

De lo contrario, aparece la contradicción.

Desconozco si la señora Díaz —o Diez, nunca lo recuerdo— es católica practicante.

Lo que sí conoce cualquier español mínimamente informado es que vive públicamente en pecado, conforme a los estándares de la Santa Madre Iglesia que ahora invoca con soltura. Novio, andanzas, exhibición. Todo poco sacramental.

En un asunto en el que no tiene nada que decir y mucho que estorbar, lo prudente habría sido retirar los dedos del duelo ajeno, procediendo antes a lo que corresponde: confesarse o casarse. Solo después, en regla con la Iglesia que instrumentaliza, cabría plantear funerales católicos.

Iglesia vs prudencia. Roma tiene la memoria larga

Especial mención merece el arzobispo de Madrid, José Cobo, cuya respuesta tan rauda a la petición de la presidenta revela más diligencia política que prudencia pastoral, desvelando un desaire innecesario hacia el trabajo serio, cercano y discreto de los obispos de Huelva, Córdoba, Málaga, así como de quienes ya habían celebrado los funerales solicitados, actuando sin ruido, sin protagonismo, sin estrategia.

Conviene recordarlo: Roma tiene la memoria larga. Los gestos públicos cuentan.

Algunos suman. Otros restan. En determinados círculos, restar hoy tiene consecuencias mañana.

Responsabilidad pública en tiempos de duelo

Con el dolor aún abierto, heridos en recuperación y responsabilidades por esclarecer, quienes cobran de los contribuyentes deben evitar causar más daño.

No a las víctimas.

No a sus familias.

Tampoco a los católicos creyentes y practicantes, que no necesitan ver su fe convertida en herramienta de marketing político.

Epílogo

Señora, vaya primero a confesarse o a casarse en la Santa Madre Iglesia Católica.

Luego, si aún le quedan ganas, hablamos de funerales.

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