Señor Pérez-Reverte, verificar antes de publicar

Una respuesta a Arturo Pérez-Reverte desde casi cuatro años recorriendo Egipto en solitario. Experiencia, hospitalidad y una exigencia al periodismo que habla de otros pueblos, verificar antes de publicar.

Artesano graba platos de metal en una calle de Egipto mientras varios visitantes observan su trabajo.

Una respuesta a «La sonrisa de la esfinge» con mis cuatro años de viajes en solitario por Egipto

He leído con gran asombro «La sonrisa de la esfinge», de Arturo Pérez-Reverte. Un escritor que exige a los viajeros informarse antes de hablar construye una columna sobre Egipto a partir del relato de un tercero en TikTok, sin ofrecer al lector los elementos necesarios para comprobar qué ocurrió.

¿Dónde está el vídeo original? ¿Qué palabras se pronunciaron en árabe? ¿Quién las tradujo? ¿Qué ha contrastado el autor? En su artículo no encuentro respuestas. Encuentro abundantes insultos y una rotundidad que la documentación presentada no sostiene. Antes de dar lecciones sobre cómo conocer un país, convendría mostrar cómo se ha verificado lo que se cuenta de él.

Egipto desde la experiencia

Llevo cuatro años viajando sola por Egipto. He recorrido prácticamente todo el país, un territorio de más de un millón de kilómetros cuadrados. Hablo varios idiomas, chapurreo el árabe y conozco suficientemente el mundo árabe para saber que comprender sus códigos sociales resulta mucho más útil que observarlo desde la superioridad del visitante.

En ese tiempo no he sufrido ningún incidente serio. Recuerdo un taxista que intentó engañarme sin conseguirlo y un joven que me dirigió unas palabras maleducadas en un centro comercial. A este último le recriminé públicamente su comportamiento y le dije que su madre sentiría vergüenza de verlo actuar así.

Eso es lo que puedo contar después de cuatro años. Mi experiencia no convierte a Egipto en un paraíso sin delincuencia, pero tampoco me permite reconocerlo en la caricatura que dibuja Pérez-Reverte en su columna.

La hospitalidad que apenas hace ruido

En mis recorridos he encontrado una presencia policial muy extendida, incluso en lugares donde no esperaba encontrarla. Sobre todo, he conocido una disposición a ayudar que merece ser contada.

Una vez me perdí en El Cairo y un joven me acompañó hasta la puerta del hotel por pura hospitalidad. Aquello no tuvo millones de espectadores. Fue un gesto cotidiano de atención hacia una visitante que necesitaba orientarse.

Estos encuentros ocupan buena parte de mis recuerdos de Egipto. Prescindir de ellos para retratar el país sería tan arbitrario como ocultar los incidentes desagradables.

Viajar no es coleccionar sentencias sobre países

Mi experiencia viajera no empezó en Egipto. He recorrido toda Australia, prácticamente toda Europa y distintos países de América, Asia y el norte de África. He vivido varios años en Estados Unidos y en países de Oriente Próximo.

Conozco la diferencia entre sentir miedo, estar expuesta a un riesgo y sufrir una agresión. Conviene distinguir esas experiencias antes de convertirlas en una conclusión sobre el lugar donde sucedieron.

América, entre el riesgo y la generosidad

En Nueva York utilicé el metro en una época que recuerdo por su peligrosidad. Nunca me ocurrió nada. Eso no borraba el riesgo. En una visita posterior a Boston me sentí insegura caminando de noche, especialmente al observar a policías que llevaban la mano hacia la cartuchera. Aquellos gestos me inquietaron. No los convertí en una descripción definitiva de Estados Unidos.

En Colombia, durante un viaje que coincidió con la época de los secuestros exprés, encontré personas que me cuidaron. Un farmacéutico salió de su establecimiento para acompañarme a sacar dinero de un cajero. Hizo, en la práctica, de guardaespaldas. Su precaución decía algo sobre el entorno. Su generosidad decía algo sobre el país.

En Cuba, pese a la pobreza que conocí, no tengo una sola mala anécdota que contar. He viajado por Argentina, Brasil y por otros paises donde las dificultades económicas eran visibles. La pobreza, por sí sola, no describe la conducta de las personas ni basta para explicar la delincuencia.

Del norte de África a Asia y Oriente Próximo

De Marruecos solo puedo contar experiencias positivas, algo que rara vez encuentra espacio entre tantos discursos despectivos sobre los marroquíes. La hospitalidad y la cordialidad con las que me han recibido forman parte de lo que conozco del país y de lo que escribo sobre él.

En Filipinas vi una miseria sobrecogedora en algunas calles de Manila. No sufrí ningún incidente.

En los países de Oriente Próximo donde he viajado y vivido tampoco he padecido personalmente una agresión o un robo. Sí he atravesado situaciones de peligro que pude resolver gracias al conocimiento de idiomas, la comprensión del entorno y la ayuda de personas del lugar. Esa ayuda pertenece a la realidad de aquellos países tanto como los riesgos que encontré.

Europa merece el mismo criterio

Conozco bien el Reino Unido y he recorrido muchas calles de Londres sin haber vivido una sola situación peligrosa. Podría, en cambio, relatar robos y agresiones sufridos por conocidas en países europeos.

No utilizaría esos testimonios para reducir España, Francia, Alemania o el Reino Unido a una colección de delincuentes. Me pregunto por qué resulta tan fácil abandonar esa prudencia cuando se escribe sobre Egipto.

Nada de lo vivido me concede inmunidad ni convierte mi experiencia en una estadística. Me ha enseñado a distinguir lugares, circunstancias y personas antes de emitir un juicio. Una situación peligrosa exige comprender qué la hizo peligrosa. Extender ese juicio a todo un país exige bastante más.

Lo que permiten afirmar las fuentes

He consultado las recomendaciones oficiales de Estados Unidos, Alemania, Francia y Reino Unido sobre Egipto. Contienen advertencias que deben tomarse en serio. Las fuentes estadounidenses, alemanas y británicas señalan riesgos de acoso o agresiones sexuales. Las autoridades estadounidenses y británicas afirman haber recibido comunicaciones de casos. Alemania y Reino Unido describen, al mismo tiempo, la criminalidad general como comparativamente baja o generalmente baja.

Esas páginas no ofrecen cifras equivalentes que permitan determinar dónde corre mayor riesgo una turista. No voy a inventar una clasificación para defender Egipto, ahora bien, exijo el mismo rigor a quien escribe sobre él.

Una advertencia consular no verifica el episodio de un tiktokero. Un testimonio merece ser examinado, pero su difusión no sustituye la comprobación de los hechos. Y una experiencia individual, por real que sea, no describe a millones de personas.

Conocer las costumbres no significa aceptar los abusos

Conocer las costumbres, aprender algunas palabras y comprender cómo pedir ayuda facilita el viaje. En el centro comercial me sirvió apelar públicamente a la educación y a la vergüenza que aquel comportamiento causaría a su familia.

Desde mi experiencia, recomiendo conocer esos códigos y recurrir al apoyo de quienes están alrededor, valorando siempre las circunstancias y la propia seguridad. Ninguna reacción ofrece garantías universales.

Nadie tiene que demostrar conocimientos de árabe, carácter o experiencia viajera para merecer respeto. Nadie debe aceptar el acoso como parte del paisaje cultural.

Ahí reside una contradicción de fondo en la columna. Pérez-Reverte pretende combatir la ignorancia del visitante, pero termina confundiendo el conocimiento de una sociedad con la resignación ante sus abusos.

Comprender Egipto exige escuchar a quienes viven allí, a las mujeres que denuncian el acoso y a los hombres que lo reprueban. Presentar esas conductas como una expresión previsible de la autenticidad del país los deja fuera del retrato y convierte un problema que merece atención en un tópico al servicio de la burla.

La responsabilidad de una firma

Precisamente porque he viajado tanto, desconfío de las conclusiones rotundas construidas sobre una anécdota. Las mías no bastarían para dictar sentencia sobre millones de personas.

Si cuatro años recorriendo Egipto me obligan todavía a introducir matices, un relato de TikTok debería exigir al columnista algunas comprobaciones antes de erigirse en autoridad sobre el país y sus visitantes.

Hablar de peligros requiere rigor. Publicar sin mostrar qué se ha contrastado tiene consecuencias, especialmente cuando se dispone de una firma conocida y de una gran audiencia. Puede alimentar prejuicios, desacreditar a poblaciones enteras y presentar como conocimiento lo que apenas es una impresión repetida.

Señor Pérez-Reverte, usted reprocha a un viajero que transforme una experiencia limitada en una opinión definitiva. Aplíquese la misma exigencia. Muestre qué ha comprobado y permita al lector distinguir los hechos de sus conjeturas.

El espacio de una columna se llena con palabras. Los vacíos de una investigación no se llenan con insultos. Quien ha sido reportero de guerra debería recordar la primera obligación del oficio, verificar antes de publicar. Una firma célebre no dispensa de ese deber. Lo hace más exigible.