Vivir como si el tiempo fuera infinito

Obrar como si mañana fuera el último día
Hay momentos en los que la realidad se abre en canal y deja ver, sin ornamentos, lo esencial. El accidente de Adamuz fue uno de ellos. Veinte segundos. No como cifra periodística, sino como unidad existencial. Veinte segundos bastan para que una vida entera quede clausurada, para que todo lo acumulado, lo planeado, lo pospuesto, pierda súbitamente su peso específico.
Pero reducirlo todo a la idea de que la vida se va en veinte segundos sería quedarse en la superficie. Eso ocurre en Adamuz y ocurre en cualquier lugar del mundo, cada día, sin aviso y sin épica. La verdadera pregunta no es cuánto dura la vida, sino para qué se vive.
El poder, la impunidad y el olvido de la muerte
Hay una forma de maldad que no grita. Se instala en los centros de poder, se sienta en despachos climatizados, se rodea de silencios obedientes y actúa con la tranquilidad de quien cree haber domesticado al tiempo. Es una maldad que no necesita justificarse, porque se sabe impune. Y precisamente por eso resulta tan aterradora.
Mientras tanto, hay lugares del mundo de los que casi nadie habla ya. Gaza. Palestina. Allí se muere cada día no por accidente ni por error, sino por existir. Morir por ser palestino se ha convertido en una rutina tolerada. Y el silencio que envuelve esa realidad no es neutral. Es parte del crimen. Un silencio cuidadosamente construido por los mismos centros de poder que deciden qué vidas merecen duelo y cuáles pueden desaparecer sin escándalo.
Quienes toman esas decisiones suelen ser hombres. No siempre, pero casi. Hombres rodeados de mujeres calladas, obedientes, entrenadas para asentir, como si no tuvieran lengua ni pensamiento propio. No es una cuestión anecdótica de género, sino estructural. Cuanto mayor es el poder, mayor suele ser el ego. Cuanto mayor la riqueza, mayor la desconexión. Cuanto más alto se está, más fácil resulta olvidar que el cuerpo es mortal.
No se viene a este mundo a demostrar quién grita más fuerte, quién impone más miedo o quién exhibe el arma más grande. Sin embargo, se intenta convencer de que ese es el destino natural de las sociedades. Se glorifica la fuerza, la amenaza, la humillación del otro. Se vende la idea de que el aplauso inmediato equivale a legitimidad eterna, aunque el precio sea la ruina moral, institucional y económica de países enteros. Quienes actúan así creen que vivirán para siempre. O, al menos, que nada les alcanzará.
Mira lo bien que vivo ahora, piensan. Mira todo el mal que hago y no me pasa nada. Tal vez lo crean de verdad. Pero hay algo que no pueden comprar ni blindar. El sueño. Nadie vigila su descanso. Nadie protege sus noches. Y cualquiera puede arrebatarnos la vida por los mismos medios, o por otros aún más sofisticados, que ellos utilizaron para llegar donde están.
La diferencia está en cómo se vive
Morir vamos a morir todos, sin excepción. Esa es la única igualdad radical. La diferencia está en lo que cada cual espera del más allá y, sobre todo, en cómo esa expectativa modela la forma de vivir.
Para los verdaderos creyentes, creyentes de cualquier religión o tradición espiritual, monoteísta o no, incluso budista, la idea del más allá no es una coartada para la impunidad, sino una exigencia mayor de responsabilidad. No es evasión del mundo, sino una manera más consciente y más exigente de habitarlo.
No es una intuición nueva. Los antiguos egipcios ya lo sabían. Imaginaban un más allá donde el corazón sería pesado en una balanza frente a una pluma. Y lo verdaderamente radical de esa imagen no era el ritual, sino la igualdad implícita. Ni el faraón, ni el hombre o la mujer investidos de poder o riqueza quedaban exentos de la prueba. El rango no protegía. El dominio no salvaba. Solo el peso moral del corazón decidía.
Vivir mejor que ayer
Creer que mañana puede ser el último día no paraliza. Al contrario. Obliga a vivir mejor que ayer. A medir los actos no por el aplauso inmediato, sino por su huella. A entender que la grandeza no está en imponerse, sino en no destruir, sino en hacer florecer. Que la fuerza real no hace ruido. Que la vida, aunque pueda acabarse en veinte segundos, se justifica cada día por la forma en que se vive.
Vivir como si el tiempo fuera infinito no es arrogancia, sino responsabilidad. Y prepararse como si mañana fuera el último día no es miedo, sino conciencia.
Frente a la soberbia del poder que mata y olvida, esa conciencia no sería solo resistencia, sino resiliencia y memoria, la huella que quedaría cuando todo vuelva a ser arena y polvo.

