El apoyo que viene del Norte sin hacer ruido
Bruselas, Pedro Sánchez, presidente del Gobierno del Reino de España, y del arte de cómo gobernar sin insultar
A veces los apoyos no se anuncian.
No se celebran.
No buscan aplauso.
Llegan.
Mientras en España el debate público se empobrece hasta confundirse con el griterío, en Bruselas sucede algo mucho menos vistoso y mucho más eficaz. Se respalda a quienes actúan conforme a una línea ya marcada. No por afinidad personal, sino por coherencia política.
Bruselas como actor político

Bruselas sale en defensa de España
En Bruselas no solo se legisla. En Bruselas se acompaña. Se apoya a los dirigentes que asumen el coste de ejecutar una agenda común, compartida por los Estados de mayor peso de la Unión Europea. Todo lo demás no alcanza ni siquiera la categoría de ruido.
En ese marco se inscriben los anuncios de Sánchez sobre las mal llamadas redes sociales y la protección de los menores. Una protección que empieza, sin duda, en la educación en casa, pero que ya no puede sostenerse solo ahí cuando el entorno digital se ha convertido en un mercado sin puertas, sin horarios y sin responsabilidad visible.
Los países que pesan
No hablamos de gestos simbólicos ni de amistades circunstanciales. Hablamos de países que pesan. Francia empujando la regulación sin complejos. Alemania fiel a su obsesión por el marco jurídico y la responsabilidad. Italia alineándose en la protección de los menores. Y España actuando dentro de un eje que no es personal ni improvisado, sino europeo.
Ese es el pequeño gran detalle que sigue omitiéndose en ciertos medios en España. No hay un dirigente aislado contra el mundo, sino un bloque de Estados miembros diciendo algo incómodo para muchos. El poder tecnológico sin control no es compatible con una democracia madura.
El contraste entre ruido y fondo
En España ciertos medios, cuando no tienen contenido eleva el tono.
Hay quienes al no tener relato, caricaturizan.
Incluso los hay que al no puede debatir sobre derecho europeo, hablan de censura como quien lanza humo.
En Bruselas, en cambio, se habla de responsabilidad, de menores, de riesgo sistémico, de interferencia política y de límites al poder privado. Se habla de normas ya en vigor, de obligaciones concretas y de sanciones posibles. Se habla de fondo, no de ruido.
El verdadero motor del conflicto
Conviene no engañarse. Lo que mueve a los pretendidos patriarcas de lo digital no es la libertad, ni la innovación, ni el derecho a opinar. Es el dinero.
Las plataformas digitales no son espacios públicos. Son infraestructuras privadas orientadas al beneficio económico de sus propietarios. Capturan atención, monetizan emociones y convierten la exposición constante en negocio. Cuanto más tiempo de pantalla, mayor rentabilidad. Cuanto más extremo el contenido, más tráfico. Cuanto más vulnerable el usuario, mayor beneficio.
La publicidad no deseada, los contenidos sexuales explícitos y la pornografía dura forman parte de ese ecosistema económico que llega a menores y a adultos sin haberlo buscado ni solicitado. No es un fallo del sistema. Es el sistema.
Por eso toda iniciativa que introduce límites genera una reacción desproporcionada. No se defiende la libertad. Se defienden ingresos. No se invoca la innovación. Se protege el margen de beneficio. No se clama contra la censura. Se resiste la pérdida de control económico.
Decisión política, no cruzada moral
En Bruselas esto se sabe. Y se actúa en consecuencia. Se apoya a quienes asumen el coste político de poner orden, no por heroísmo personal, sino porque el coste de no hacerlo empieza a ser mayor. La impunidad ya no es neutra. La desregulación ya no es sostenible.
No estamos ante una cruzada moral.
Estamos ante una decisión política con base económica, para los bolsillos de unos pocos, muy pocos, que de moral andan más bien escasos.
Ahí reside la verdadera violencia del sistema. No en la regulación, sino en el negocio que prospera sin límites, sin consentimiento y sin responsabilidad.
Dinero, poder y plataformas digitales
Conviene decirlo sin rodeos. Gobernar, a diferencia de gritar, implica decidir a quién se protege a costa de qué prioridades. Por eso, desde Bruselas, se respalda a quienes gobiernan sin insultar.
Aquí el debate se vuelve incómodo. Y ahí, precisamente ahí, empieza la política.
Poderoso caballero es Don Dinero
y,
por ello,

